Todo el mundo sueña con tener un amor imposible, y lo cierto es que pocos acaban consiguiéndolo. En un afán de convertir una historia de amor en una tragedia, la mayoría pierde su objetivo y una vez casados se dan cuenta de su fracaso.
A nosotros eso no nos pasó, nosotros tuvimos nuestra propia historia de amor imposible.
Nos conocimos de la manera más normal, como muchas parejas destinadas a estas juntas. Yo obsesionada con mi peso me enfrentaba ante una pista de nieve, con apenas aire para soltar un suspiro. Él sin miedo a nada, salvo al amor, saltaba con su tabla dejando a todo el mundo pasmado ante cada caída.
Fue entonces cuando supe que lo nuestro iba a ser una historia de amor imposible. Sin darme cuenta mi tabla había tomado el control. Como si hubiese leído mis pensamientos se dirigía hacia él. Lo que a mi me había impresionado, no habían sido sus saltos, ni sus caídas, si no la facilidad con la que él era capaz de levantarse.
En ese momento nos conocimos realmente. Ya lo habíamos hecho antes, pero apenas nos habíamos hecho caso. Él sabía el mote tonto con el que todos me llamaban, y yo conocía su lentitud al comer.
Nuestra historia de amor imposible comenzó en un telesilla, con los pies colgados y la nariz fría. Desde aquel día no volvimos a practicar snow y quizás ese fuese nuestro error.
Pronto nos implicamos demasiado en un amor conducido por la ilusión. Sin embargo, éramos demasiado realistas cómo para convertir lo nuestro en un cuento de hadas. Apenas había problemas, apenas momentos especiales. La neutralidad de lo exterior hacía que nuestro amor creciese de manera descontrolada. Y es que amar en susurros es mucho más interesante.
Un día empezamos a gritarlo todo. Los te quiero, las caricias, los te extraño, y entonces se acabó.
Pronto la vida se ahogaba en un mar de lágrimas. Con el tiempo se secó. Y es que comprendí que eran necesarias las tragedias, porque al fin y al cabo, lo nuestro era un amor imposible.
El tiempo hizo su trabajo, y como era de esperar nos mandó a cada uno hacia un lado. Cada noche antes de dormir, no podía evitar tocar mi nariz con la esperanza de encontrarla fría. Él colgaba los pies por el borde de su cama para volver a revivir esa sensación.
Fue la gente, la música y el alcohol lo que nos volvió a unir. Una noche de agosto él le pidió a alguna estrella que algo le sorprendiese. Ese algo, fue mi sonrisa.
No hicieron falta explicaciones. Los susurros y las caricias volvieron. El psicólogo de una amiga me advirtió de que esa relación acabaría conmigo. No le hice caso, y es que a su lado todo era perfecto.
Tenía razón, y la locura volvió a alejarlo de mi. Lo peor, es que esta vez dio una explicación.
Las personas crecen con el tiempo. Mi estatura se estancó, como el tamaño de mis pechos, sin embargo, la madurez y las ganas de vivir crecían sin control. Había dejado de tocarme la nariz cuando una noche pude sentir en mi estómago el nerviosismo. Iba a ser madre. Con veinte años y la cabeza poco amueblada me giré en la cama y besé al culpable. Aquella noche no susurré su nombre y en silencio desaparecí de su vida.
Una pastilla que mi abuela hubiese condenado al infierno hizo que mi vientre expulsase a su inquilino. Aquella noche lloré como hacía tiempo, lloré como cuando él se marchó.
Muchos nombres pasaron por mi vida sin conseguir quedarse en ella. Conviviendo con un trabajo y un pez la vida se estabilizó. Despertaba cada mañana con el pelo alborotado y una sonrisa por la que luchar.
De negro y con un maletín en la mano volví a escuchar una tarde aquel estúpido mote. Me dio un vuelco el corazón, pero no fue su cara la que encontré aquel día.
Dos años más tarde, me encontraba ante un altar vestida de blanco y diciendo dos estúpidas palabras "Si quiero". Fue esa misma nochhe en el baño del restaurante cuando mi nariz volvió a enfriarse y sus pies se quedaron colgados.
Nueve meses más tarde mi marido me dejo, alegando que esas oreas solo podían provenir de una persona y no precisamente de él. Lo cierto es que no le quité la razón, a mi también me recordaban mucho a él.
Madre soltera y feliz. Así era mi vida. Hubo otro par de matrimonios pero supe que todos iban a terminar cada vez que sentía fría la nariz. Él siempre desaparecía, sin dejar más rastro que el de un niño con sus orejas. Nunca llegamos a estar juntos más de un par de horas.
Un día mi amor hacia él se convirtió en odio. Mi pelo se tiñó de canas y mi cara se llenó de arrugas. Las pequeñas orejas con patas me dejaron sola.
El día que me dijeron que iba a morir casi lo hago al soltar todo el aire de mis pulmones en una sola carcajada. Estuve hospitalizada, y fue entonces cuando él regresó. Quise matarle pero mis pocas fuerzas lo impidieron.
Una vez más caí ante sus encantos. Aquella vez no se marchó, durmió cada noche a mi lado. Cada noche hasta hoy.
Me dio un beso en la nariz que hizo que el frio jamás regresara y después me gritó un "Hasta siempre".
Nunca se me ha dado bien escribir, sin embargo quería contar nuestra historia de amor imposible antes de que...